Publicado en Pedagogía activa

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Hay días de clase que empiezan con una pregunta tonta y acaban en un sitio que no esperabas. Este es uno de esos días.

Estábamos en 1º de ESO, en inglés, hablando de rutinas diarias. Y llegó la pregunta trampa, la que siempre funciona: «Who sings in the shower? Who thinks they sing well in the shower?» Manos arriba, risas, alguien confesando que se cree Beyoncé con el gel de baño en la mano. Buen ambiente, el que a mí me gusta.

Y entonces habló Pablo.

Nos contó que a él, cuando se ducha, le pasa otra cosa: se le vienen a la cabeza conversaciones que ha tenido durante el día. Pero no tal y como fueron, sino como podrían haber sido. Lo que le hubiera gustado decir. Cómo hubiera cerrado esa frase que se quedó a medias. Y le da rabia —»coraje», dijo él— no haberlo dicho así en su momento.

¿Por qué se nos ocurren ideas en la ducha?

Le pregunté a la clase: ¿a alguien más le pasa esto? Y ahí se lió. Sí, a varios. Entonces fuimos un paso más allá: ¿por qué creéis que pasa justo ahí, en la ducha, y no en otro momento del día? Salieron respuestas de todo tipo, algunas bastante disparatadas, hasta que entre todos y todas llegamos a algo que merecía quedarse en la pizarra:

En la ducha el cerebro está haciendo algo automático. No necesita pensar para ducharse. Y es justo ahí, cuando lo automático libera espacio, cuando aparecen esos pensamientos que durante el resto del día no tienen hueco.

Y de ahí, como pasa siempre que dejas que una clase de 1º de ESO piense en voz alta, llegamos a un sitio mucho más interesante de lo que había planeado esa mañana.

Un cerebro saturado de pantallas

Hablamos de lo saturado que va nuestro cerebro casi todo el día. Y de que buena parte de esa saturación tiene un nombre muy concreto: pantallas. Móvil, notificaciones, vídeos de quince segundos encadenados con otro vídeo de quince segundos. Un cerebro que nunca llega a estar en «modo automático» porque siempre hay algo pidiéndole atención.

Y si el cerebro nunca descansa, tampoco tiene ese ratito de ducha, de coche, de caminar sin auriculares, en el que ordenar el día, revisar lo que ha pasado o, sencillamente, inventar algo nuevo.

Ahí llegó la palabra que todo el mundo evita: aburrimiento.

Aburrirse también es aprender: Arquímedes y Newton

Sí, lo dijimos así, tal cual, en voz alta en clase de inglés: hay que saber aburrirse. Porque el aburrimiento no es el enemigo, es la antesala. Es ese espacio vacío donde algo puede pasar. Sin espacio vacío no hay sitio para que ocurra la magia.

Y no lo digo yo por decir. Se lo puse fácil a los chavales con dos nombres que todos conocían: Arquímedes descubriendo el principio del volumen mientras se daba un baño. Newton bajo un árbol, con la mente en blanco, viendo caer una manzana. Ni uno ni otro estaban «produciendo». Estaban, simplemente, dejando que su cerebro respirara. Y ahí, en ese silencio, apareció la idea.

Qué pueden hacer las familias ante el «me aburro»

Porque este espacio no se protege solo. Alguien tiene que sostenerlo. Y ese alguien, muchas veces, sois las familias.

Se lo dije a la clase tal cual: sois vosotras y vosotros, padres y madres, quienes tenéis que aprender a detectar estos momentos, a favorecerlos y, sobre todo, a aguantar el «me aburro» sin salir corriendo a resolverlo con una pantalla. Porque cuando un crío o una cría se pone pesado con el aburrimiento, la tentación de calmarlo con un móvil es enorme. Y ahí, sin querer, le estamos cerrando la puerta a lo que podía haber pasado si aguantábamos un poco más.

(Se rieron todos y todas al imaginarse la escena en casa. Lo cual quiere decir que la escena existe, y que la conocen bien.)

Un pacto para el verano: aburrirnos un poco más

Terminamos la clase con un pacto sencillo, de esos que no llevan nota ni examen: este verano vamos a intentar aburrirnos un poco. En serio. Dejar hueco. Soltar el móvil un rato más de lo habitual y mirar alrededor.

Puede que ese hueco te lleve a una siesta estupenda. Puede que te lleve a resolver, por fin, esa conversación que se te quedó a medias. O puede, quién sabe, que te lleve a descubrir tu propio principio de Arquímedes.

Pero para que eso pase, primero hay que soltar la pantalla y dejar que el cerebro, por una vez, no tenga nada que hacer.

Feliz verano. Y feliz aburrimiento.

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